Vivía feliz entre los pensamientos del amor. Veía mi mundo
teñirse de rosa cuando estabas cerca de mi piel, acompañado de ese fuego que ponía
a hervir mi sangre instantáneamente.
Mi vida
era falsamente perfecta. Un engaño que era lo suficientemente creíble como para
mantener mi sonrisa en la superficie de mi rostro.
Creía en
hadas y duendes…no dejaba de agradecerle a la magia las cosas maravillosas de
mi vida.
Fueron ilusiones, que débilmente mantuve durante mucho
tiempo, hasta que comencé a abrir los ojos, fue lo más doloroso a lo que me sometí,
pero ya me habían advertido que las mentiras no duraban para siempre.
Pensé que vivía
en un cuento con final feliz, no estaba tan errada, mi vida era un cuento…pero
de fantasía, que solamente narraba yo.
Suena un
poco cruel, pero lastimosamente debo reconocer que estas palabras no reflejan
nada distinto a lo que fue realmente mi historia.
Pase días,
y noches alabándote, amándote como nadie mas podría llegar a hacerlo. Eras mi
todo y por ello vivía pura y exclusivamente para ti.
Pero el tiempo me demostró lo equivocada que estaba, solo vivía
en una hamaca de cadenas mal amarradas, y sin temor a la caída me balanceaba a
toda velocidad, hasta que me ocurrió lo que lógicamente estaba buscando; me caí.
No choque contra el piso, ni ninguna superficie material. Pero desde lo mas sincero
de mi alma, rogaria al cielo que hubiera sido solo un golpe físico, por mas
doloroso que pudiera ser. Yo me golpeé lo más frágil que puede tener una
persona, los sentimientos. Comencé por quebrar en mil pedazos mi autoestima tal
como los frágiles huesos de un niño pequeño, derrame mi felicidad por los
suelos, como la fría sangre que se desliza al igual que una serpiente huyendo, robando
parte de la vida, mis sueños se desvanecieron desapareciendo en un débil gemido
de dolor. Y no me quedo más remedio que sumergirme en un mar de humo que
nublaran mis sentidos para hacer mas leve mi desesperanza.
No se que
tan rápido se me escaparon los días, ya no comprendía las súplicas de mis seres
queridos rogando que volviese a tierra, me sentía destrozada, mi apariencia
demostraba la desesperación de ese amor roto y ese corazón muerto, que latía
por compromiso en mi pecho helado, esperando la llegada de la mismísima muerte,
que seguramente seria mas calida que aquel dolor, ya podía imaginarla, vestida
con sus característicos harapos negros y
reclamando ese cuerpo de su pertenencia.
De vivir en un cuento de
ilusiones mi vida se convirtió en una historia de terror, tragedia y tristeza,
a él no le importaban en absoluto mis deseos, y si a él no le preocupaba a mi
no me servia de nada que alguna otra persona se interesase en mi lastimosa situación.
Del sopor que me hacia
vivir inconcientemente como una persona casi normal cumpliendo con las tareas
de los seres humanos, surgió una chispa de luz. Algo totalmente inesperado y un
tanto más increíble. Comencé a recuperar mi discernimiento, volvía a
comunicarme, deje de llorar por las noches, y hasta llegue a cantar en la ducha
con los ojos cerrados. El proceso de rehabilitación que luchaba día a día de psicólogo
en psicólogo tuvo algún sentido después de todo, esas sesiones agotadoras de
dibujar estupideces y articular oraciones con sentido al fin rendían en frutos.
Mi vida debía continuar,
porque fuera de todo seguía siendo mía. Si pudiera acomodar mi destino según mi
voluntad no sufriría más, pero ¿a quien le importan mis deseos? De esa pregunta
había renacido mi fe y mi esperanza no tan verde como la de los demás, pero
progresando día a día.
Lamentablemente como era común
en mí, volví a equivocarme. Me resbale por querer correr Lugo de no caminar en
meses, y esta vez luego de recordarlo a él como lo mas importante, volví auto
flagelarme, pero esta vez decidí cumplir mi voluntad, confundida y mareada por
el sufrimiento del desamor lo busque de la peor manera, el mundo de la magia siempre había removido mis ideas, todos tenemos algo de misterio y algo de
cordura. Mi cordura estaba casi totalmente perdida. Pero la locura consoló el
dolor y con eso me bastaba para avalarla. ¿Quien iba a decir que de amar las hadas
y la magia del amor iba a sumergirme en las tenebrosas garras de los hechizos de
las brujas?
Me rodeé de ese entorno
oscuro, convoque espíritus a los que le regalé miles de velas negras, ahora
ellos eran mis amigos, y Vivian en mis alucinaciones. Con esas sombras era
feliz de nuevo, porque me sentía realizada, si no podía hacerte bien, prefería
hacerte daño. Un incomprensible pensamiento de maldad, la misma maldad que había
envenenado mis entrañas esa crueldad que reflejaba el masoquismo en el que por
tanto tiempo había vivido. Ese odio que había
regenerado mi corazón convirtiéndolo en un trozo de hielo, sin calor, sin apreciación
a las cosas bellas de la vida. La locura era mi rutina, mi felicidad se basaba
en rituales extraños, mi nuevo dios era la mismísima muerte que alguna vez me
hizo recobrar los sentidos, otorgándome una fuerza arrolladora y perjudicial
para todo aquello que llegara a confiar en mi.
En mi cabeza la misma
pregunta de siempre, ¿a quién le importa lo que deseo?, frente a la incapacidad
de encontrar la respuesta esperada decidí dejar de lado todos los sentimientos,
y sobretodo ya no me importaba ningún deseo de nadie más que los míos. Renací
en mi egoísmo, de las cenizas negras, como símbolo de la maldad que ahora me
representaba. La piedad no estaba en mi diccionario y mucho menos el amor, los
mismos sentimientos que amé ahora eran mi tortura, y ya no quería volver a
sentirlos nunca. Era la única forma que encontré de protección para esta alma
ahora más oscura que antes. Y repito, ya no me importaba nada…
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